Alejandro Sepúlveda, consultor turístico

Publicado el 23 de junio de 2022

Desde el punto de vista histórico, las smart cities constituyen el precedente más importante de los destinos turísticos inteligentes y se pueden definir como “zonas de límites completamente definidos desde el punto de vista geográfico y político-administrativo que otorgan primacía a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) con el objetivo de diseñar espacios urbanos innovadores que faciliten su desarrollo sostenible y mejoren la calidad de vida de sus habitantes” (Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y para la Sociedad de la Información, Secretaría de Estado de Turismo y Segittur, 2015, p. 24).

Asimismo, de acuerdo con el Instituto Valenciano de Tecnologías Turísticas (INVATTUR) y el Instituto Universitario de Investigaciones Turísticas (IUIT) de la Universidad de Alicante (2015), que publicaron el Manual Operativo para la Configuración de Destinos Turísticos Inteligentes, existen una serie de factores impulsores que justifican la aparición de los destinos turísticos inteligentes: la tecnología, la demanda, los nuevos modelos de negocio, la eficiencia, la competitividad y la sostenibilidad.

Desde la perspectiva de la política turística desarrollada desde el Gobierno de España, los destinos turísticos inteligentes tienen su precedente en el Plan Nacional e Integral de Turismo (PNIT 2012-2015).

Siguiendo los argumentos de Ivars-Baidal y Vera (2019), el PNIT incluía los destinos inteligentes entre sus medidas prioritarias y encargaba a la Sociedad Mercantil Estatal para la Gestión de la Innovación y las Tecnologías Turísticas (SEGITTUR) el desarrollo de las acciones encaminadas a la puesta en funcionamiento de dicha iniciativa política, que se plasmaron, básicamente, en un programa de destinos piloto y en el desarrollo de la Norma UNE 178501:2016 en colaboración con AENOR (Ivars-Baidal y Vera, 2019).

De esta forma, conviene hacer referencia a la definición del concepto de destinos turísticos inteligentes (DTI), que fue inicialmente establecida por López de Ávila y García (2015) y que se convirtió en la definición oficial dentro del discurso político del Gobierno de España, al ser asumida por el Informe Destinos Turísticos Inteligentes: Construyendo el Futuro, publicado por la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y para la Sociedad de la Información, la Secretaría de Estado de Turismo y Segittur (2015, p. 32).

De acuerdo con este informe y con López de Ávila y García (2015, p. 62), un destino turístico inteligente (DTI) es “un espacio turístico innovador, accesible para todos, consolidado sobre una infraestructura tecnológica de vanguardia que garantiza el desarrollo sostenible del territorio, facilita la interacción e integración del visitante con el entorno e incrementa la calidad de su experiencia en el destino y la calidad de vida de los residentes”.

A partir de esta definición, se estableció que los cinco ejes fundamentales de un destino turístico inteligente debían ser los siguientes: tecnología, innovación, accesibilidad, sostenibilidad y gobernanza (Mora, 2016). 

Sin embargo, la expansión de la pandemia del Covid-19 ha provocado durante los últimos dos años la crisis más grave del sistema turístico a escala nacional e internacional.

De acuerdo con las estadísticas oficiales de la Organización Mundial del Turismo (UNWTO), entre enero y marzo de 2020 asistimos a una reducción del 44% de las llegadas de turistas internacionales a escala mundial, en comparación con el mismo periodo de 2019. Adicionalmente, es importante mencionar que las llegadas de turistas internacionales en el conjunto de 2020 disminuyeron un 73% en comparación con 2019, existiendo además importantes restricciones a los viajes a escala internacional. Asimismo, entre enero y marzo de 2021 nos encontramos con una reducción del 88% en las llegadas de turistas internacionales a nivel mundial en comparación con el mismo periodo de 2019, de acuerdo con las estadísticas oficiales de la Organización Mundial del Turismo (UNWTO).

En el caso específico de España, nuestro país perdió 64,8 millones de turistas internacionales en el conjunto del año 2020 con respecto a 2019, de acuerdo también con las estadísticas oficiales de la OMT.

En este sentido, a pesar de que actualmente nos encontramos en un periodo de recuperación de la demanda turística nacional e internacional, no debemos olvidar que el turismo tiene una extremada sensibilidad a los cambios que suceden en el entorno, un aspecto que hemos podido comprobar con especial trascendencia durante la expansión de la pandemia del Covid-19 y que ya había sido estudiado por numerosos académicos anteriormente.

De esta forma, considerando además la elevada incertidumbre que caracteriza al contexto socioeconómico y político actual, debemos comprender que los destinos turísticos necesitan disponer de un sistema de adaptabilidad que les permita responder con eficiencia y creatividad a los cambios que suceden en el entorno y que amenazan especialmente a la estructura del sistema turístico.

Así, el concepto de adaptabilidad en turismo significa que los sistemas complejos necesitan responder a los cambios impredecibles que suceden en el entorno mediante la construcción de una nueva versión del sistema turístico que se encuentre ajustada a la nueva situación (Holling, 2001; Miller & Twining Ward, 2005, cit. Kauffmann, 1995; Odum et al., 1998).

El concepto de adaptabilidad, que fue definido con anterioridad a la expansión de la pandemia del Covid-19, tiene una serie de aplicaciones prácticas que demuestran su elevada importancia y trascendencia en el contexto actual del sistema turístico.

En este sentido, resulta muy interesante mencionar un documento publicado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), denominado “Adaptation to Climate Change in the Context of Sustainable Development”, que analiza la relación existente entre el fenómeno del cambio climático y el concepto de desarrollo sostenible desde la perspectiva de la introducción del concepto de adaptabilidad con la finalidad de reducir la vulnerabilidad de los territorios más afectados por las consecuencias negativas de la emergencia climática.

Asimismo, numerosos investigadores han estudiado los impactos del cambio climático en los destinos turísticos, especialmente en lo referente al turismo de nieve, cuyas estrategias de adaptabilidad se han basado históricamente en el desarrollo de sistemas de producción de nieve artificial, una estrategia que ha sido considerada insostenible desde el punto de vista económico y cuestionable ecológicamente (Clarimont, 2008).

De esta forma, el fenómeno del cambio climático ha representado tradicionalmente uno de los ámbitos más importantes para el desarrollo de sistemas de adaptabilidad aplicables a la planificación y gestión de los destinos turísticos.

Sin embargo, la irrupción de la pandemia del Covid-19 y su espectacular impacto en el sistema turístico a escala mundial plantean en este preciso momento la necesidad de volver a considerar la importancia del desarrollo de sistemas formales de adaptabilidad de los territorios turísticos, de manera que podamos responder con mayor eficiencia, profesionalidad y creatividad a los cambios impredecibles que podrían volver a amenazar la estructura del sistema turístico en el futuro.

Continuando con las aproximaciones teóricas al concepto de adaptabilidad, Holling (2001) presentó la idea del ciclo adaptativo y estableció que un sistema complejo se compone de tres características fundamentales que son las siguientes: el potencial para el cambio, la capacidad de control interno y la capacidad adaptativa.

Así, el ciclo adaptativo de Holling (2001) propone la existencia de cuatro etapas esenciales que existen en los sistemas complejos y que han sido denominadas con la siguiente terminología: explotación, conservación, liberación y reorganización. Holling (2001) argumenta que, durante la transición que existe entre la fase de explotación y la fase de conservación, los sistemas complejos tienden a aumentar su potencial y su estabilidad, llegando a alcanzar en determinadas ocasiones una cierta rigidez en sus estructuras.

En este sentido, resulta importante mencionar que Miller & Twining-Ward (2005) conectaron el concepto del ciclo adaptativo de Holling (2001) con el ciclo de vida de los destinos turísticos desarrollado por Butler (1980), argumentando que el proceso existente desde la fase de explotación hasta la fase de conservación se corresponde con la fase de madurez de los destinos turísticos.

De esta forma, conviene mencionar que la conexión entre el ciclo adaptativo de Holling (2001) y el ciclo de vida de los destinos turísticos de Butler (1980) desarrollada por Miller & Twining-Ward (2005) puede aplicarse a la realidad práctica del sistema turístico, dado que los denominados destinos maduros y pioneros han presentado tradicionalmente una cierta rigidez en sus estructuras de comercialización turística.

En efecto, dicha rigidez en las estructuras de comercialización turística se ha manifestado especialmente en los destinos maduros y pioneros vinculados al modelo turístico de sol y playa, cuyos establecimientos hoteleros han tenido una mayor dependencia histórica de las empresas de intermediación turística y de los grandes touroperadores internacionales, existiendo una menor flexibilidad y una reducida capacidad para la comercialización directa de su inventario de habitaciones y la aplicación de las técnicas de gestión procedentes de la disciplina del Revenue Management.

Por lo tanto, podemos afirmar que, siguiendo los argumentos de Miller & Twining-Ward (2005), la fase de conservación del ciclo adaptativo de Holling (2001) se corresponde efectivamente con la fase de madurez de los destinos turísticos, siguiendo el modelo teórico desarrollado por Butler (1980). 

Figura 1. El ciclo adaptativo de Holling

Fuente: Holling (2001, p. 394)

Regresando a las consideraciones teóricas del ciclo adaptativo definido por Holling (2001), resulta imprescindible mencionar que, cuando los cambios impredecibles que suceden en el entorno se manifiestan y generan un impacto directo en la estructura del sistema, asistimos a la transición entre la fase de liberación y la fase de reorganización, que se corresponde con el periodo de tiempo durante el cual los sistemas complejos se enfrentan al reto de adaptarse a las nuevas circunstancias, lo que puede conducir a la generación de innovaciones potenciales en la nueva versión del sistema.

Efectivamente, a pesar de la inexistencia de sistemas formales de adaptabilidad aplicables a la realidad práctica de la planificación y gestión de los destinos turísticos, el elevadísimo impacto negativo que ha generado la pandemia del Covid-19 sobre la estructura del sistema turístico, ha provocado la aparición de innovaciones para adaptarse a las nuevas circunstancias, tanto desde la perspectiva de la oferta como desde la perspectiva de la demanda.

En este sentido, conviene recordar que, durante el periodo de tiempo correspondiente a los confinamientos perimetrales, los establecimientos hoteleros comenzaron a ofrecer sus principales servicios a la población local del destino, con el objetivo de paliar las consecuencias negativas correspondientes a las restricciones a la movilidad impuestas a escala nacional e internacional.

Adicionalmente, también como consecuencia de la ausencia de corrientes turísticas debido a las restricciones a la movilidad, los establecimientos hoteleros urbanos comenzaron a ofrecer sus habitaciones como espacios de trabajo para los diferentes profesionales.

Asimismo, los alojamientos turísticos comenzaron a ofrecer una mayor flexibilidad a sus potenciales clientes en relación con las políticas de cancelación de las reservas hoteleras, generándose así una importante innovación desde la óptica del Revenue Management. Igualmente, con una mayor vinculación a la planificación y gestión de destinos turísticos, no podemos dejar de mencionar el fenómeno de los nómadas digitales, una innovación que ha sido particularmente exitosa en algunos destinos como las Islas Canarias.

Adicionalmente, la fase de reorganización del sistema turístico tras la expansión de la pandemia del Covid-19, también ha provocado una serie de transformaciones esenciales desde la perspectiva de la demanda, destacando el crecimiento del turismo doméstico y de los desplazamientos cortos, la expansión del turismo rural, el desarrollo del turismo de bienestar y la práctica del mindfulness, así como la consolidación del turismo de naturaleza, como consecuencia de la búsqueda constante de espacios abiertos libres de aglomeraciones. Sin embargo, tal y como se había mencionado anteriormente, las innovaciones que han surgido tras la pandemia del Covid-19 no han respondido a la existencia de sistemas formales de adaptabilidad vinculados a la planificación y gestión de los destinos turísticos.

De esta forma, considerando las aportaciones teóricas realizadas hasta el momento, así como sus aplicaciones prácticas, resulta necesario mencionar que no podemos abordar la recuperación del sistema turístico nacional e internacional sin incorporar los procesos de aprendizaje colectivo que se han derivado de la expansión de la pandemia del Covid-19.

En este sentido, se hace imprescindible una revisión del modelo de Destinos Turísticos Inteligentes (DTI) con la finalidad de incorporar la adaptabilidad como un nuevo eje, de manera que los destinos turísticos adheridos a la Red DTI puedan disponer de sistemas formales de adaptabilidad que les permitan responder a los cambios que suceden en el entorno con la finalidad de evitar impactos tan dramáticos como los que han sucedido tras la irrupción de la pandemia del Covid-19 y avanzar de esta manera hacia una verdadera resiliencia.

No podemos alcanzar una recuperación completa y sostenible del sistema turístico sin incorporar las lecciones aprendidas durante una crisis tan impactante como la que hemos vivido. Tal y como se ha mencionado anteriormente, las teorías de la adaptabilidad desarrolladas y lideradas por Holling (2001) sostienen que, cuando un acontecimiento impredecible procedente del entorno externo se manifiesta, asistimos a una desestabilización de la estructura del sistema correspondiente a la fase de conservación, avanzando hacia la fase de liberación y posteriormente a la necesaria reorganización del sistema, mediante la implementación de innovaciones que nos permitan adaptarnos a las nuevas circunstancias.

En este sentido, es importante alzar la voz y afirmar con claridad y contundencia que los destinos turísticos no pueden ser inteligentes si no abordamos de manera conjunta y coordinada la creación de sistemas formales de adaptabilidad que nos permitan responder de manera eficiente y creativa a los acontecimientos impredecibles que proceden del entorno externo.

Por lo tanto, nos encontramos en el momento adecuado para revisar el modelo de Destinos Turísticos Inteligentes (DTI) de manera que podamos incluir la adaptabilidad como una nueva dimensión esencial en la planificación y gestión inteligente de los territorios turísticos, junto con los ejes actuales de tecnología, innovación, accesibilidad, sostenibilidad y gobernanza.

Consultor de Turismo y Dirección Hotelera, Director del Master in International Tourism Management en EAE Business School (Madrid), Docente Universitario en la Universidad Carlos III de Madrid, en la Universidad Europea de Canarias y en la Universidad Rey Juan Carlos. Alejandro Sepúlveda cuenta con nueve años de experiencia profesional en la hotelería nacional e internacional, intermediación turística y consultoría estratégica de turismo, así como numerosos méritos académicos y tres publicaciones académicas en el ámbito del turismo.

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