La Mesa del Turismo ha publicado un análisis de la coyuntura turística para identificar los factores que nublan el horizonte, profundizando en el descenso de la afluencia de turistas a algunos destinos principales, en la amenaza de un Brexit sin acuerdo y en el desafío del movimiento social flygskam.

Respecto al movimiento flygskam o “vergüenza a volar”, sería un error minusvalorarlo. Los movimientos sociales actuales, cualquiera que sea su leit motiv, se han convertido en motivadores de la acción social y tienen capacidad para influir en las decisiones de gobiernos y organizaciones internacionales.

El flygskam surgió en Suecia como un movimiento que se opone a los viajes en avión argumentando que contribuyen de manera significativa a la emisión de gases invernadero y, por tanto, al cambio climático.

Propone sustituir el avión por otro medio de transporte que sea menos contaminante, e incluso renunciar a volar. Rápidamente ha encontrado eco en la Europa Occidental.

Los gobiernos de Holanda, Bélgica y Francia ya han diseñado medidas fiscales para gravar los viajes en avión. El de Francia, por ejemplo, propone un impuesto sobre el billete que va de 1,5 a los 18 euros.

La Comisión Europea, por su parte, ha elaborado un estudio que afirma que, si bien el impacto de los nuevos gravámenes que propone para los viajes en avión (impuestos al billete, al queroseno o aumento del IVA) implicarían una reducción del 11% en el volumen de negocio del sector aéreo, el impacto final en el PIB de la UE sería neutro.

La razón es que esa reducción se compensaría con el aumento de actividad de otros sectores económicos que recibirían el apoyo financiero de los gobiernos con los recursos obtenidos con los impuestos a la aviación.

La Mesa del Turismo argumenta que para poner freno al cambio climático es preciso abordar con racionalidad un tema tan emotivo como es el de la “vergüenza a volar”.

En primer término, porque las estimaciones generales coinciden en que la aviación contribuye en un limitado 5% a la emisión de gases invernadero; y, en segundo lugar, porque la aviación está realizando su debida contribución a frenar el cambio climático.

Tanto los fabricantes de aeronaves, con motores cada vez más eficientes, como las aerolíneas sustituyendo los aparatos más antiguos por nuevos que suponen menos emisiones y a la vez son más rentables por su menor consumo de combustible.

Según señala la Asociación de Líneas Aéreas, han renovado su flota con 800 nuevos aviones que reducirán las emisiones en un 24% y se han invertido 1.000 millones de euros en la investigación de nuevos combustibles.

“Frente a este esfuerzo del sector de la aviación, los Gobiernos y la Comisión Europea sólo piensan en medidas fiscales, en vez de afrontar la congestión del espacio aéreo europeo que supone un aumento del 30 por ciento en el tiempo de vuelo”, critica el secretario general de la Mesa, Germán Porras.

De hecho, los problemas estructurales del sistema europeo de control del tráfico aéreo han provocado un incremento del 5,8 por ciento en las emisiones de dióxido de carbono y la revisión del marco regulatorio del Espacio Único Europeo lleva 18 años pendiente.