Vivimos en la economía de la experiencia. No todas las empresas que la lideran se dedican al turismo (sospechosos habituales como Uber, Airbnb, Amazon o Apple), pero todas ellas, en conjunto, han sido determinantes a la hora de redefinir las expectativas de los viajeros.

Porque viajar es atesorar experiencias (unas extraordinarias, otras no tanto) y todos, vayamos a donde vayamos, deseamos que sean auténticas, personalizadas, reales e inmediatas.

La competencia es feroz y los márgenes estrechos. Hay prometedoras oportunidades ahí fuera, pero errar se paga caro. ¿Cómo se moverán las empresas del sector? Se juegan llegar a su destino o quedarse en el camino. Deshacerse del mapa y entregarse a nuevas formas de pensar y (actuar) es, sin duda, la mejor opción.

No hay fronteras, o, al menos, se están difuminando. Las compañías turísticas ya no se limitan únicamente a vender sus productos online, sino que, además, están empezando a distribuir los de terceros. Las consecuencias de este cambio estratégico traspasarán los límites de internet hasta transformar las experiencias físicas en los destinos. Es por eso que las marcas deberán revisar sus arquitecturas tecnológicas.

La tecnología avanza, igual que proliferan canales, formatos y opciones turísticas. Los viajeros buscan descanso ante todo este ruido. Las marcas que deseen alcanzarles tendrán que afinar sus mensajes y acertar con el quién, el qué, el por qué, el cómo y el dónde. La precisión como respuesta a la saturación.

La revolución en cómo, cuándo y dónde trabajamos está reinventando los viajes de negocios. El 9 a 6 ya no tiene zona horaria y los clientes empresariales, el personal que gestiona las reservas y los organizadores de eventos buscan el mismo tipo de experiencias, sencillas y humanas, que viven en sus viajes de placer. El B2B es el nuevo campo de batalla. El tiempo de repensar su propuesta de valor ha llegado.

A la hora de buscar brechas de seguridad, los programas de fidelización de las empresas turísticas son uno de los objetivos favoritos de los cibercriminales. Tras años perfeccionándolos, es el momento de cambiar. Mientras el concepto de lealtad -el bien más preciado- cobra nuevas dimensiones en el sector del viaje, los ingresos futuros están en juego y penden de la capacidad de las compañías para blindar los datos personales de sus clientes.

Viajar no es alcanzar un destino. Es disfrutar del camino. Las empresas turísticas deberán iniciar el suyo pronto si desean subirse a la ola de oportunidades que les brindan todos estos factores de disrupción. Para guiar sus esfuerzos, deberán hacerse con una estrategia sólida, pero también apostar por la innovación y transformar sus organizaciones (operaciones, tecnologías y modelos de negocio, pasando por la estructura de liderazgo, talento y la cultura corporativa). El turismo de experiencias es el presente. Y el futuro será de los valientes que, liderando el cambio, lo afronten con el paso más audaz.

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