Un artículo publicado a finales de la semana en The New York Times aviva la polémica entre los alojamientos tradicionales (autodefinidos como “reglados”) y Airbnb (autodefinida como “economía colaborativa”).

Desde su llegada a la industria del alojamiento en 2008 y, especialmente, a raíz de una progresión que le ha llevado a conseguir una valoración en bolsa mayor que la de las compañías hoteleras más importantes, Airbnb ha estado en el punto de mira de los hoteleros, particularmente debido a la falta de regulación con la que ha realizado su actividad, en comparación con la hiperregulación que cumplen los hoteles y el hecho de que, al final del camino, se pagan impuestos.

Los principales destinos norteamericanos han tomado cartas en el asunto y ciudades como Los Ángeles ya obligan a Airbnb a recoger impuestos. En España, la escasa coordinación entre las múltiples administraciones con competencias en turismo y su desesperante lentitud ha provocado que no exista una respuesta unificada y definitiva ante este reto, un hecho que lamentó Juan Molas, presidente de CEHAT, en una rueda de prensa celebrada el pasado jueves. Mientras tanto, Airbnb afirma estar dispuesta a cumplir con todas las regulaciones, pero espera relajada mientras las administraciones se toman su tiempo.

Mientras tanto, Airbnb se ha hecho un hueco en el corazón de los millennials, el segmento al que parece que todas las empresas quieren enamorar con productos que buscan la personalización y una experiencia más social y local. De hecho, esta es la gran baza de Airbnb, por más que los informes de Phocuswright demuestren que, al igual que sucede en el caso de los hoteles, las prioridades de los usuarios vayan dirigidas a la localización y el precio, también cuando reservan a través de Airbnb.

De entre las cadenas hoteleras, el artículo de The New York Times señala el movimiento de Accor y la compra de Onefinestay, una compañía de alquiler de apartamentos para usuarios con un alto poder adquisitivo. En España tenemos el ejemplo de BeMate, la compañía creada por Kike Sarasola para mezclar aprovechar el “boom” de los apartamentos, mezclado con el hotel como “hub” de la estancia.

Otras grandes hoteleras han optado por crear nuevas marcas más adaptadas a los gustos de los nuevos usuarios. Es el caso de Moxy, creada por Marriott; o de Hyatt Centric.

En un año en el que España batirá su récord de turistas extranjeros y tanto la ocupación como la rentabilidad rozan los niveles de la época dorada del turismo español, un nuevo actor que asegura que su negocio es incremental y no afecta a los hoteles tradicionales, ha venido para quedarse. En los próximos meses veremos nuevas reacciones por parte del sector empresarial y de las administraciones, en un camino que, de seguir sus cauces habituales, llevará a una normalización y convivencia de ambos modelos.

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2 comentarios en “Hoteles vs. Airbnb: que comience la batalla

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